Abrir en una nueva ventana

Negro



Anoche, mientras lavaba los platos se me dio por voltear la cabeza y mirar por la ventana. Afuera estaba todo negro. Si bien la oscuridad es un fenómeno intrínseco de la noche, aquel negro era diferente. Tenía una densidad que nunca antes había visto. Cerré la canilla y abrí la ventana. Me invadió una leve sensación de vértigo.
No se veía absolutamente nada. Ni luces, ni siluetas de edificios. Cerré la ventana tratando de tranquilizarme. “Posiblemente haya niebla”, pensé. Decidí recostarme y dormir. Esperaría la luz del día. Pero al despertarme nada había cambiado. A pesar de que el reloj marcaba las siete, la oscuridad en el exterior seguía siendo densa como la más extrema carencia de luz. Asustado, desperté a mi mujer y le ordené no abrir las ventanas. Tenía un mal presentimiento. Salí del departamento, bajé por las escaleras y llegué hasta la puerta de entrada. A través del vidrio se reflejaba la misma oscuridad opaca, sólida, que había visualizado desde el ventanal del departamento. Abrí la puerta. La misma sensación de vértigo que había sentido antes. Al rato mi mujer llegó y se detuvo a mi lado. - Salgamos – dijo. - ¡No salgo ni loco! No se ve nada. - Yo salgo – sentenció, dando un paso en la oscuridad. Su pierna desapareció en la densidad negra. La tomé por el brazo y la arrastré hacia el interior. Su pierna había desaparecido. Ella ni lo había notado. No había sangre ni rastro alguno de herida. Era como si alguien hubiese borrado su extremidad con un programa de edición gráfica, dándole un efecto esfumado, un corte irregular. Si bien ella no sentía dolor, estaba histérica. Comenzó a gritar que la dejara salir a buscar su miembro ausente. Traté de detenerla, pero estaba tan exasperada que logró zafarse y pegó un enorme salto hacia el exterior. Desapareció tras la muralla negra que empezaba inmediatamente después de la puerta. Grité su nombre, pero no hubo respuesta alguna. En mi desesperación me descuidé y asomé un poco la cabeza. Más tarde, ya de regreso en casa, noté que la parte superior de mi cráneo había sido devorada por aquella misteriosa negrura. Las horas pasaron sin evidenciar cambio alguno en la situación. Decidí salir al pasillo, golpear algunas puertas y ver cómo estaban los vecinos. En lo de los Martínez nadie atendía. “Claro”, pensé, “ellos parten muy temprano, generalmente está oscuro aun y no se habrán dado cuenta”. Subí al tercer piso. En el corredor vi a Doña Matilde, o mejor dicho lo que quedaba de ella. La mitad de su cuerpo había desaparecido como si alguien lo hubiese borrado con una goma, partiendo del eje central que atravesaba su cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Saltaba sobre su pierna restante y estaba buscando algo en su bolsillo. Al verme dijo: - Creo que las llaves estaban en el otro… Posiblemente a causa de nuestras voces, otros vecinos comenzaron a asomarse. Algunos sin brazos, otros sin piernas, cabezas o sólo mitades de cuerpos, todos con ese efecto esfumado, como una aureola de niebla rodeando el muñón. Ninguno evidenciaba sufrir dolor ni tampoco tenía nadie explicación alguna para lo que estaba sucediendo. Al abrir las ventanas, ningún ruido provenía del exterior. Ningún pájaro, auto y menos aun personas. Era como si hubiese un verdadero vacío allí afuera. Además, los aparatos electrónicos habían dejado de funcionar, hecho que aumentó nuestra incertidumbre. La situación siguió igual durante unos días más hasta que una mañana nos dimos cuenta de que la masa oscura había retrocedido unos pocos metros. Si bien seguía allí, tan densa como antes, ahora era posible visualizar el camino que llevaba del edificio a la vereda. Yo fui el primero en atreverse a cruzar la puerta de entrada. Algo temeroso, apoyé un pie en el exterior y suspiré aliviado al sentir el pavimento firme bajo mis pies. A partir de aquel día la cortina negra retrocedió cada vez más, descubriendo fragmentos del paisaje tan familiar para nosotros, como si nada hubiese ocurrido, como si todas las cosas hubiesen estado allí durante todo aquel tiempo. Al cabo de un mes aquella masa oscura se había reducido a una esfera del tamaño de un estadio de fútbol. La vida había vuelto prácticamente a la normalidad, salvo el hecho de que los desaparecidos nunca volvieron y los mutilados pululaban por todos lados, con sus rasgos atenuados y su asombrosa falta de dolor. El hecho de poder volver a circular por la vía pública nos permitió encontrarnos con vecinos, enterarnos de nuevos desaparecidos o mutilados y aprender que aparentemente en todos lados la experiencia había sido igual. Finalmente la esfera negra desapareció por completo en el desagüe fluvial de la esquina de la plaza central. Nadie supo qué fue. Los medios hablaron muy poco del tema. Ignorábamos también si aquella entidad negra seguía existiendo bajo el pavimento, aguardando que algún niño introdujera la mano por la tapa del desagüe en busca de su pelota para tragársela y cercenar su joven cuerpo. De hecho todos evitaban aquel sitio y casi olvidábamos el asunto si no fuera por los mutilados con sus muñones esfumados, que siempre reaparecían para impedirlo.

1 comentario:

Ramon dijo...

excelente cuento, me hizo acordar a metamorfosis de Kafka, aquello que pasa a lo real no se recupera, y sucede que aquellos que generan las guerras son "miembros" de la humanidad lejos de la oscuridad.
saludo tu creatividad
Ramón Fanelli
www.paginadepoesia.com.ar

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