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Violín

Tomé mi primera lección de violín a los veintitrés años. Recuerdo con mucha claridad ese instante inicial, aquel olor a madera vieja y estacionada que invadió mis sentidos cuando el viejo Sandoval abrió la puerta. Aun descansa firme en mi memoria la poco común aparatosidad con la cual se desplazaba en el diminuto departamento abarrotado con carpetas amarillentas, que yo estimaba estaban llenas de partituras pertenecientes a los más célebres músicos de la historia.

Sandoval se sentó lentamente en una silla frente a mí y se quedó contemplándome en silencio como si fuera en realidad un psicoanalista. Luego de unos incómodos instantes sentí la obligación de decir algo, de romper el hielo.


- Bueno – titubeé – entonces venía para aprender a tocar el violín.

Esperé unos segundos y agregué:

- Me lo recomendó como profesor Miguel Ramírez, “el Grillo”.

Ni se inmutó cuando mencioné a su más célebre alumno, el “Grillo” Maikel, uno de los mejores violinistas de aquellos tiempos, al menos de los que yo conocía.

El viejo me miraba sin pestañear, como sumergido en un profundo trance.

- Le comento que hace muy poco tiempo que toco el violín y ésta será la primera vez que tomo clases. Hasta ahora vengo tocando de oído.

El anciano introdujo un dedo en su oreja derecha, enterrando hasta la segunda falange en el conducto auditivo. Seguía sin pronunciar palabra alguna.

- Aquí está mi instrumento – señalé el estuche aun intentando buscar conversación – no es gran cosa, vio, no quería gastar una fortuna en uno caro antes de estar seguro de que éste fuera mi instrumento. Dicen que cada uno tiene el suyo. Yo ya he pasado por la guitarra, el ukelele y hasta toqué el triángulo en una banda militar. Pero me aburrí muy rápido.

Hice una breve pausa para tomar aire y seguí:

- Usted se preguntará por qué el violín...

El viejo estaba contemplando ahora una bolita de cera que había extraído de su oído.

- Fue gracias a una amiga que me tiró el I-Ching – cosa de chinos - y ahí había salido algo acerca del destino, el arco y la madera. No entendí nada, pero según mi amiga debía estudiar el violín para lograr un estado de armonía. ¿Le muestro lo que sé?

Sin esperar su respuesta extraje el instrumento de su funda, tensé el arco y luego coloqué la tapa acústica bajo el mentón. Comencé a frotar las cuerdas logrando un sonido digno de una gata bipolar en celo. Las grandes orejas del maestro vibraron al ritmo de la cacofonía que emitía mi violín.

Dejé de tocar esperando recibir alguna crítica, indicación o incluso ser echado a patadas por haberme atrevido a tocar de tal manera ante los refinados oídos del aquel gran hombre.

Pero me equivoqué.

El viejo Sandoval se levantó, con la dificultad que acompañaba todos sus gestos, y se dirigió a la cocina. Regresó con un pote de yogurt en su mano. Se sentó e ignorando por completo mi presencia, sorbió de una sola vez todo el contenido, causando un estruendo bastante más desagradable que el aullido lastimoso que le había sacado a mi violín. Cuando terminó su yogurt arrugó el envase y succionó con fuerza hasta la última gota. Luego lo arrojó al piso donde – entonces noté – descansaban decenas de envases parecidos que emanaban cierto olor a rancio que reinaba en el lugar, desplazando al olor a madera que tanto agrado me había causado al principio.

La primera clase transcurrió sin que vocablo alguno saliera de la boca del maestro. Al cabo de una hora guardé mi instrumento, dejé el dinero sobre la mesa, agradecí y me fui.

Mientras caminaba por la calle cavilé largamente acerca de aquel extraño encuentro. No lograba llegar a una conclusión fehaciente pero supuse que se trataba de algún método vanguardista que hacía de Sandoval el gran maestro que era.

Una semana más tarde, mismo día y misma hora, regresé al departamento del quinto piso. Nuevamente la puerta se abrió, el viejo mirándome con sus ojos vacíos de interés y luego aquel silencio incómodo. Esta vez no intenté sacarle conversación, comprendiendo que un buen maestro no debe tener influencia alguna sobre el alumno sino dejarlo desarrollar de manera plena su potencial.

Toqué durante una hora, pagué y me fui.

Así fue todo aquel año y durante los quince que siguieron. En todo ese tiempo no había escuchado una sola palabra de la boca del viejo. Me había acostumbrado ya a sus movimientos adustos, su mirada inexpresiva y por sobre todo al silencio sepulcral que reinaba en el sitio ni bien yo dejaba de tocar.

A fuerza de la dura práctica me convertí en un excelente violinista. A partir del segundo año comencé a quedarme más tiempo con el viejo y cuando terminaba la sesión limpiaba un poco el departamento, levantaba los potes de yogurt sembrados por el piso y a veces hasta preparaba la comida.

Hacia el décimo año di mis primeros pasos en la orquesta de la ciudad y unos años más tarde debuté en la nacional.

Mi gratitud hacia el viejo Sandoval era enorme. Había encontrado mi instrumento, viajaba por todo el mundo tocando en los más célebres teatros y por primera vez en mi vida sentía que las cosas estaban bien encaminadas.

Fue para esa época que comencé a sentir que ya no necesitaba más tomar clases con el maestro. Mucha gente siente cierta culpabilidad en estos casos, como si se tratase de una traición, nada menos. Pero es verdad que luego de cierto tiempo el alumno debe cortar y seguir su propio camino. No puede marchar eternamente tomado de la mano de su guía.

Una mañana fresca de abril le anuncié a mi mentor la noticia. Intenté suavizar mis palabras, elegirlas cuidadosamente, explicar lo mucho que aquellos años bajo su tutela me habían aportado, y que ahora debía lanzarme al mundo por mi cuenta. Agregué que nunca dejaría de recordarlo y sentir gratitud hacia él y hacia todo lo que había hecho por mí.

Como de costumbre, el viejo siguió con sus ojos carentes de contenido, la mirada perdida como si fuera un autista o sufriera del mal de Alzheimer y no supiera quién era yo.

Me retiré del lugar sin volver la cabeza atrás.

Unos meses después, cuando pasé por la ciudad en medio de una gira mundial, decidí ir a saludar al viejo maestro.

Me sorprendió ver que la puerta del departamento había sido pintada de otro color.

Toqué el timbre y al rato abrió una joven mujer. Pregunté por el viejo Sandoval y ella me miró extrañada. Le expliqué que en aquel lugar había tomado clases de violín con uno de los más grandes maestros de nuestra generación. Incluso le di una descripción minuciosa del viejo con la esperanza de que la mujer pudiera reconocerlo y darme alguna información sobre su paradero.


- Mire señor – hablaba lentamente como si yo tuviera dificultades para comprender - aquí vivió durante más de treinta años mi abuelo Orestes. Si bien la detallada descripción que me acaba de dar encaja perfectamente con la suya, le aseguro que no fue maestro de violín. De hecho nunca se interesó demasiado por la música y en los últimos veinte años sufría de una sordera absoluta en ambos oídos.


La mujer me ofreció un yogurt, pero yo me levanté aturdido, salí sin saludar y caminé durante largas horas por las calles frías y mojadas.

Aquella noche, ante una sala repleta y desconcertada, di mis primeros pasos con la flauta dulce.

4 comentarios:

Daniel Tunnard dijo...

Muy bueno, Xavi. Bienvenido al mundo bloguista, un mundo indiferente y ignorante donde te frustrarás durante un par de años antes de darse por vencido y dedicarte a la flauta dulce. Suerte!

Ethic Garden dijo...

Muy bien mi amor me gusta mucho tu blog, esta noche comemos el resto de lasagnas de ayer...No te molesta? Un beso nos vemos a casa. NANOU

Artifex dijo...

Este relato rompe con la máxima "El maestro aparecerá cuando el alumno esté preparado". Me pregunto si el personaje no estaba preparado o si realmente alguna vez fue alumno.

Saludos Surrealistas

S.

Anónimo dijo...

Cómo se extrañan alumnos como vos!!
La maestra Sandoval (o Jiménez para los íntimos)

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