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Ensayo acerca del bien y del mal

Yo me siento bien únicamente cuando me siento mal.

Cuando estoy bien, empiezo a sentirme mal.

Sé que es algo extraño pero es así.

Y no se crean que es fácil.

Tengo muchos conflictos que me ponen muy mal, algo que me hace sentir bien.

A veces sucede que me siento mal - algo que me hace sentir bien - y como me siento bien inmediatamente comienzo a sentirme mal, hasta que en definitiva no sé cómo me sentía originalmente.

Para solucionar esto, dejé de sentir.

Ahora por fin estoy bien.

Esto es algo que me pone muy mal...


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El Misterio

Una nueva marca de teléfonos celulares había aparecido en el mercado local. Ofrecía un aparato extremadamente llamativo, en distintos colores y con nuevos servicios que relegaban a la competencia.
Al poco tiempo la gente comenzó a cambiar sus teléfonos viejos por estos novedosos artefactos. Resultaba imposible evitar los afiches publicitarios mostrando aquel último grito del diseño y la tecnología.
Al encender la radio, la televisión o ambos para tener diferentes opiniones y más temas para conversar con los amigos, uno podía escuchar o ver(1) comerciales muy bien pensados que promocionaban estos nuevos teléfonos.
La gente hablaba de ellos, pensaba en ellos y los deseaba. Los hombres los utilizaban para seducir mujeres. Las mujeres los portaban a la vista ya que es sabido que los hombres son atraídos por las damas modernas.
La empresa supo llegar a todos los estratos de la sociedad: los ricos fueron los que menos trabajo dieron ya que cualquier cosa que está de moda los atrae; a los de clase media fue bastante fácil convencer, presentando dicho aparato como un medio esencial para trabajar y progresar; finalmente, gracias a eficaces publicidades y planes de pago que presentaban al producto como si fuera un regalo y una credencial de ascenso social al mismo tiempo, muy rápido se logró también introducirlos entre las clases menos pudientes.
La gente se fue convenciendo de que no se podía vivir sin teléfono celular y si se tenía uno, mejor que fuera el mismo que tenían los demás.

B. Arielini (nombre ficticio), fundador de la empresa, estaba sentado en su lujoso despacho fumando un cigarro cubano. Miraba la pantalla de su computadora sobre la que aumentaba constantemente la cantidad de usuarios que se iban sumando, segundo a segundo, a las interminables listas de clientes. Decenas de miles de puntos coloridos sobre dicha pantalla indicaban la posición exacta de cada uno de ellos. Su mano derecha jugueteaba nerviosamente con el ratón. De pronto los músculos de su cuerpo se crisparon como si en lugar de tabaco su cigarro estuviera relleno de pegamento instantáneo. Pulsó el botón izquierdo del ratón.
Lo que sucedió después muy poca gente pudo contar: hombres, mujeres, niños y numerosos perros de razas finas, yacían en posiciones poco naturales con sus sesos volados, esparcidos por doquier. Algunos también aparecieron con graves heridas en las caderas, arrojados en la vía pública, desangrándose lentamente. Otras personas murieron de susto ante dicho espectáculo.
Mientras tanto las palomas, sentadas sobre los cables de electricidad, dieron la señal para iniciar aquel salto evolutivo que desde hacía tanto tiempo anhelaban.

(1) Ambos en el caso de la televisión

CS

CS

Como la forma de un vello que apareció sobre mi escritorio

Cuando murió Gardel yo ni siquiera había nacido. En realidad tampoco mis viejos habían nacido. Y no es que me guste tanto. Soy de otra generación, el tango es casi algo del pasado, música vieja, en blanco y negro, que se volvió a poner de moda después de la crisis del 2001 cuando los argentinos comenzamos a recordar nuestra propia cultura, un poco a modo de consuelo y otro poco porque no había guita para viajar a Miami.

Aun así, escuchar algún tango de Gardel tiene algo en particular. Tendrá realmente una energía especial, o será tan sólo la pesada carga de la historia… De una manera u otra, esa nostalgia tan característica me contagia y me hace sentir como si extrañaría un mundo que ya no es; una infancia que nunca tuve en un Buenos Aires que no volverá a repetirse jamás. Casi como leer “Rayuela” viviendo en París. A veces me pregunto si esto es algo que le sucede a todo el mundo, a todas las generaciones. Si allá por los años 30 la gente sentía lo mismo respecto al siglo diecinueve, por ejemplo. Esa añoranza de lo que nunca se vivió ni se conoció de cerca; esa impresión de que “antes todo era mejor” o por lo menos más ingenuo. Posiblemente estas sensaciones hayan sido cuidadosamente dosificadas durante nuestra infancia para crearnos un lazo con el pasado y así asegurar una continuidad, una fidelidad hacia ciertos valores, tradiciones o costumbres. O tal vez una tendencia natural a la nostalgia y ese famoso “spleen” hacen que uno se enganche más fácilmente con el pasado y sus glorias tan subjetivas. Tendencia que me llevó hace unos años a traer a mi departamento una máquina de escribir, para darme cuenta rápidamente de que con todo su romanticismo, era una porquería que se trababa, que no permitía borrar o corregir y que su “tic tic” al principio agradable, terminó por enloquecerme sin tener la posibilidad de bajarle el volumen o callarlo del todo. Y así como comprendí que la máquina de escribir estaba muerta para siempre, destronada por todo tipo de artefactos tecnológicos fríos, carentes de alma, pero mucho más eficaces – de la misma forma – Gardel y otros irán siendo olvidados, fundidos en esa trama borrosa que llamamos “historia” y que sólo algunos nostálgicos crónicos seguiremos escudriñando compulsivamente para soltar de tanto en tanto “¡qué tiempos aquelloS!”

Bizet Valleta

Bizet Valletta se había detenido sobre el puente. Se apoyó sobre la baranda y contempló el paisaje. El Sena fluía abajo y a lo lejos una pequeña réplica de la Estatua de la Libertad. Más allá, la majestuosa Torre Eiffel.
Sus pensamientos vagaron hacia lo extraña que puede ser la vida y cómo nunca había soñado que llegaría a estar comiendo un sándwich contemplando dos de los monumentos más famosos del mundo en simultáneo, si bien uno era tan sólo una copia del original.
Las emociones invadieron su ser y en un arranque de locura y anhelo de libertad se trepó sobre la baranda de metal y permaneció así unos instantes, dejando que el sol pegara de pleno en su rostro y que el viento fresco soplara entre sus cabellos.
Abajo el agua seguía fluyendo invitando, atrayendo.
Con un grito que hacía tiempo permanecía encerrado en su vientre, saltó y se arrojó al agua.
Tristan Manoukian estaba encendiendo un cigarrillo mientras con su mano derecha sostenía el timón del bateau mouche que conducía a diario por las aguas verduscas del río.
Su sorpresa fue grande cuando vio un ser humano estrellarse contra la cubierta de su barco, justo al pasar por debajo del “Pont Mirabeau”.
Un charco de sangre comenzó a formarse ante la mirada estupefacta de los turistas que sólo habían imaginado un viaje placentero por las aguas parisinas. Un pequeño hilo de sangre se coló por la borda e hizo su camino, descendiendo hasta tocar las aguas del río. La sangre se diluyó de inmediato y nadie jamás sospechó que en dicha corriente aun fluía un recuerdo de Bizet Valletta.

Fred

Fred tocó el cielo con las manos. Al menos fue la impresión que tuvo y eso es lo más importante. Porque en realidad el cielo estaba cientos de kilómetros por encima de él.

El bebé siguió llorando. A pesar de que los trenes se detenían inexorablemente en todas las estaciones. Nada parecía calmarlo. Su madre pensó que eran los dientes que estaban empezando a asomarse de sus carnosas encías. Su padre se limitó a mirar por la ventana del departamento hacia un punto perdido en el horizonte, suponiendo que el horizonte aun estaba allí, detrás de todas aquellas casas.

Fred no quiso volver a lavarse las manos. Estaba seguro de que las partículas de cielo quedarían adheridas a su epidermis.

El vagón se mecía como si fuera una cuna. En su interior, adormecidas, intercambiaban sus microbios personas que hacía tiempo habían dejado de ser bebés.

“Tal vez sea un virus”, se dijo la madre. El padre reaccionó al escuchar la palabra “virus”. “Hay que salir de acá”, pensó él.

Las manos de Fred iban de mal en peor. Las partículas de cielo habían ennegrecido, pero él seguía convencido de que tan sólo se trataba de una tormenta pasajera.

El tren entró en un túnel. De esos interminables que pasan por debajo de la ciudad entera. Resulta difícil saber si hay más gente en la superficie o en el subterráneo. Ahí da lo mismo que fuera día o noche. Si llueve o hay sol.

En las manos de Fred la tormenta estaba a punto de estallar. El médico le había hablado de los gérmenes y las epidemias que se transmiten mediante el tacto. Pero sus manos seguían privadas de agua. Como un cielo cargado que no se anima a llover su angustia.

El padre volvió finalmente la mirada hacia el interior del departamento. Aparentemente no iba a llover. El cielo estaba gris como si estuviera sucio, pero ni una gota de agua parecía animarse a dar el primer salto.

En el tren, devenido subterráneo, un mendigo pasaba por los asientos en un intento fallido de conseguir algunas monedas. Rápidamente se esfumó y nadie supo si realmente estuvo ahí o si fue sólo un espejismo creado por la costumbre.

Las manos de Fred se habían infectado y el médico se las lavó a la fuerza, antes de proceder con su amputación.

Un relámpago, seguido por un trueno, precedieron el diluvio que arrasó el paisaje. Hasta donde las casas vecinas permitían ver. El padre y la madre se sentaron frente al bebé que había dejado de llorar.

Justo en ese momento el tren emergió del otro lado del túnel. Era de día y estaba lloviendo a cántaros.

Robiteau IV

Se dice que “Robiteau IV” fue un experimento militar creado con fines altamente secretos. Los rumores cuentan que fue diseñado y ensamblado en el más riguroso grado de confidencialidad y luego fue introducido en la sociedad sin que nadie lo supiera.
No se conoce con exactitud cuánto tiempo estuvo viviendo entre las personas. Algunos estiman que fueron unos veinte años. Otros, mucho más.
Tampoco se sabe a ciencia cierta por qué se tomó la decisión de terminar el experimento, si es que esto último realmente sucedió.
Pero todos están de acuerdo con que existió y fue de suma utilidad e importancia para sus operadores.
La función exacta que cumplió sigue siendo un enigma. Cualquier individuo que paremos en la calle confirmará su existencia pero será incapaz de dar algún dato preciso acerca del proyecto.
En una época muchas personas se trasladaron a las regiones más insólitas del planeta, en un intento fallido de huir. Se sabe que fracasaron aunque se desconoce exactamente de qué manera.
Decenas de eruditos dedicaron sus vidas al estudio de dicho misterio. Se han escrito cientos de libros acerca del tema, algunos detallando las más estrafalarias teorías y conjeturas, pero hasta el día de hoy no se consiguió confirmación oficial. En muchos casos se descubrió que los autores eran farsantes que se dejaron llevar por la imaginación y el deseo de aportar a toda costa nuevas informaciones sobre el tema.
En el seno de muchas sociedades secretas comenzó a crecer la desconfianza en el prójimo – toda persona podía ser un agente secreto que formaba parte del proyecto. Algunos círculos utilizaron sus supuestos conocimientos sobre el asunto como fuente de poder; otros veían esos mismos conocimientos con aire detractor. La sociedad comenzó a dividirse de manera exponencial; se formaron grupos que luego fueron divididos en subgrupos, algunos de carácter más bien filosófico y otros dispuestos a sacrificar sus vidas, y las de los demás, en contra o a favor del proyecto “Robiteau IV”.
Los grupos pacíficos se poblaron de intelectuales y pensadores que pasaban días enteros deliberando acerca de la naturaleza del programa, su pasado, presente y futuro, tratando de trazar una conducta a seguir. Se daban largas disertaciones atacando o defendiéndolo, a pesar de que nadie en definitiva pudo dar con una explicación fehaciente del misterio.
Los grupos armados optaban por una lucha más activa y comprometida, justificando muchas veces secuestros, asesinatos y atentados en nombre de sus respectivos valores. Si había algo que compartían con los pensadores e incluso con la gente simple que no pertenecía a ninguno de los grupos pero sufría casi siempre las consecuencias de sus actos, era la total falta de información e incluso de pruebas de que alguna vez realmente existió un experimento secreto llamado "Robiteau IV".

Trrrrt tratata tap tatap

“Trrrrt tratata tap tatap”, sus dedos vuelan sobre el teclado, utilizándolo como si fuera un instrumento de percusión. “Trrrrt tratata tap tatap”, descarga con toda furia sus ideas, sus ideales sobre aquellas piezas de plástico negro con letras blancas. Rostro con barba de algunos días; a su lado un mate. De fondo, el televisor encendido en una cadena de noticias. Los diarios de los últimos días, todos abiertos en las novedades de la última guerra. En su mente vuelan palabras e imágenes. “Ismos” y “antis” entrelazados con sus recuerdos de juventud, cuando se creía militante, revolucionario. El tiempo pasó pero el enemigo sigue bien identificado. Contra él está descargando ahora una batería de palabras; una artillería de signos que van apareciendo obedientes sobre la pantalla de su ordenador made in China. Hace rato le anda dando vueltas por la cabeza la idea de que tal vez toda su vida se asemeja a la de un barco de madera encerrado adentro de una frágil botella de vidrio. Contempla sus ideas, los marineros de aquel naviero glorioso. Fieros y valientes afrontan las adversidades sin notar que en realidad no avanzan en absoluto. Sin ver que el barco está adherido a la botella, y la botella colocada sobre una columna maciza de madera, unida al piso con hormigón y barras de acero. El piso pertenece a una estructura que a su vez forma parte de un sistema que poco tiene que ver con aquellos ideales de la juventud. “Trrrrt tratata tap tatap”, sus dedos se detienen de pronto. O tal vez habrá sido su mente que les ordenó detenerse. Sale al balcón y enciende un cigarrillo. Observa su reflejo en la ventana. A pesar de ser poco definido, logra verse con la barba de algunos días y el cigarrillo clavado en el rincón izquierdo de su boca. Suelta una risita de placer. Después de tantos años aun conserva aquel aura de rebelde intelectual; guerrillero inconformista.

“Trrrrt tratata tap tatap”, de vuelta al escritorio. El sonido de las teclas se mezcla con el de los disparos, proveniente del televisor. Se encuentra en pleno análisis de dicha guerra, a pesar de que está sucediendo a miles de kilómetros de distancia, en un sitio en el que nunca visitó ni cuyas costumbres conoce en lo más mínimo. Pero la historia se repite y él sabe muy bien cómo funciona el mundo. Los que tienen mucho siempre atacan a los que tienen poco y él, ¿acaso no fue siempre el fiel defensor de estos últimos? Enciende otro cigarrillo y sorbe del café, que ya está frío. Descarga palabras, frustraciones, odio y hasta algún prejuicio, contra la pantalla resplandeciente. Se detiene para regular la altura de su silla de escritorio made in Taiwán. “Trrrrt tratata tap tatap”, los bombardeos continúan. Caen de ambos lados de la frontera. Hacia la izquierda, son las bombas de la usurpación y la crueldad. Hacia la derecha, las de la resistencia y los anhelos de libertad. Misteriosamente las bombas explotan más o menos de la misma manera, causando aproximadamente el mismo daño. Él no parece notarlo. Su atención está fija en aquellas que caen del lado siniestro de la pantalla. De ahí absorbe su inspiración. No puede permitirse, a esta altura de su vida, abrir un poco más el ángulo de visión. ¿Qué dirían sus camaradas, aquellos con quienes marchó por las calles en los años combativos de su vida? Es verdad, el mundo cambió mientras tanto, aquellos nobles ideales cayeron estrepitosamente al piso descubriendo detrás un paisaje tan homogéneo como desolador. Pero él eligió no mirar. “Trrrrt tratata tap tatap”, Marte sigue dando las órdenes desde las páginas de los diarios que descansan en su rincón de trabajo. El escritorio viene de IKEA y las frutas que hay sobre él fueron cosechadas por trabajadores ilegales en España. Son bastante dulces por estar fuera de temporada.

No se deja distraer por estas pequeñas incoherencias, ya que la tarea que tiene por delante es vasta e importante. Al fin y al cabo, el fin justifica los medios, incluso los medios de comunicación. Se detiene para escuchar el testimonio de una mujer. Siente una fuerte empatía por ella y un fuerte odio por la otra, que habló justo después. Hasta siente ganas de gritarle, "¡se lo merece!". Ella es la culpable. Bueno, no ella directamente, pero sus antepasados, su gobierno o quien quiera que haya sido. Eso no importa. Se mira en el espejo. Su piel blanca se refleja en el vidrio manchado, que probablemente nunca sintió el contacto de un trapo. La semejanza con la mujer culpable de la televisión le causa una leve picazón en la cabeza, pero transcurrieron tantos años desde que sus antepasados ocuparon la tierra sobre la cual nació... “Trrrrt tratata tap tatap”. Además, gracias a ellos se encuentra ahora sentado frente a aquel escritorio. “Trrrrt tratata tap tatap”.

Mendigo

Caminaba tranquilo por la calle jugando con unas monedas de diez centavos en mi bolsillo.
Pasé al lado de un mendigo que estaba apoyado contra la fachada de un edificio. En su mano sostenía un vasito de cartón.
No suelo dar limosna pero esta vez sentí ganas de hacerlo. De vez en cuando no está mal ayudar un poco a los que tienen menos que uno.
Me acerqué entonces al hombre y arrojé las monedas en el vaso mientras en mis labios se dibujaba una amable sonrisa.
El hombre miró su vaso y luego a mí. Le hice una señal indicando que no hacía falta que me agradeciera, pero en cambio me gritó:
- ¡Pero qué mierda está haciendo, forro!
Sorprendido, me alejé del lugar. Al final resultó ser un demente. A los pocos pasos giré mi cabeza y vi que el hombre me estaba siguiendo, despachando insultos e injurias.
En un momento me detuve y le hice frente.
- ¿Por qué mierda tiró estas monedas en mi café? – inquirió.
- Disculpe - dije, comprendiendo mi error – es que lo vi parado con el vaso en la mano y pensé que era un mendigo.
- ¡Encima me trata de ciruja! ¡Sólo porque no estoy vestido tan elegantemente como usted! ¡Racista!
- Pero no se lo tome así, fue sólo un error. Venga conmigo y le pagaré otro café.
- ¡Sigue menospreciándome! ¡No necesito su maldito café, yo tenía el mío!
- Bueno, pero le estoy ofreciendo uno nuevo, así puede seguir tomándolo tranquilo.
- ¿No comprende? ¡No quiero su café! Quiero éste que me acaba de arruinar con sus prejuicios.
- Hombre, lo lamento… qué más le puedo decir…
- ¿Hombre? ¿Y cómo sabe que soy un hombre? ¿Por qué sigue sacando conclusiones guiándose por las apariencias?
- Bueno… no sé… tiene rasgos masculinos, barba… - el asunto se estaba tornando denso.
- ¿Barba? – preguntó sobresaltado – ¡podría ser falsa!
Dicho esto, se quitó la barba revelando una piel lisa como el trasero de un recién nacido.
- Bueno, igual no deja de parecer un hombre – dije entretenido.
- ¡No! – ahora parecía realmente furioso - ¿por qué sigue insistiendo en clasificarme?
Entonces, se sacó lo que resultó ser una peluca y luego la ropa. Sin esperar reacción alguna de mi parte, siguió quitándose una máscara de látex, los brazos y las piernas. Ante mí había ahora un canguro de un hermoso pelaje. Brincando coléricamente en el lugar me miró desafiante.
- ¿Y? – escupió en mi dirección.
Muy tranquilo le respondí:
- Bueno, admito el error, entonces usted es un canguro. Pero, ¿cómo podía haberlo adivinado?
- ¡Usted no tiene arreglo! – dijo el animal enojado.
Con un movimiento brusco abrió un cierre oculto en su abdomen y se quitó aquel extraordinario vello que lo cubría y que no era más que un disfraz muy bien logrado. Debajo apareció un enano barbudo con un sombrero puntiagudo de color violeta.
- ¡Ahhhh! – exclamé sonriendo – ahora comprendo. ¿Dónde están las cámaras? - pregunté mientras miraba a mis alrededores.
- ¿Qué cámaras? - el gnomo parecía estallar de furia – no se trata de ningún programa de televisión, ¡esto es la vida real! – agregó gritando.
Tuve ganas de pulverizar a ese maldito enano maleducado, pero mi buena educación católica me detuvo.
Mientras tanto, roja de ira, la diminuta criatura se desenroscó la cabeza y, tomándose de los hombros con las dos manos, abrió su cuerpo en dos. Emergió un pequeño jabalí que luego de dar unas vueltas nerviosas en la vereda, explotó en medio de un gran nubarrón de humo blanco. Cuando el humo se dispersó noté que sobre el suelo descansaba un sapo verde con manchas rojas.
El bicho me observaba como si estuviera esperando que yo hiciera algo. Verifiqué que nadie me estaba mirando y entonces lo levanté y le besé suavemente la cabeza.
Inmediatamente se convirtió en lombriz y sin esperar mucho desapareció con otra magistral explosión dejando sólo un pequeño microscopio. Levanté el aparato y miré por el ocular. Luego de manipular un rato las perillas logré ver con nitidez una ameba que parecía sumamente enojada. Al poco tiempo se esfumó. Como no tenía una herramienta más potente que me permitiera seguir las mutaciones de aquel ser tan intrigante, decidí olvidarme del tema. Levanté las monedas que se habían caído al suelo y olfateando la acera me alejé en busca de olores familiares.

Negro



Anoche, mientras lavaba los platos se me dio por voltear la cabeza y mirar por la ventana. Afuera estaba todo negro. Si bien la oscuridad es un fenómeno intrínseco de la noche, aquel negro era diferente. Tenía una densidad que nunca antes había visto. Cerré la canilla y abrí la ventana. Me invadió una leve sensación de vértigo.
No se veía absolutamente nada. Ni luces, ni siluetas de edificios. Cerré la ventana tratando de tranquilizarme. “Posiblemente haya niebla”, pensé. Decidí recostarme y dormir. Esperaría la luz del día. Pero al despertarme nada había cambiado. A pesar de que el reloj marcaba las siete, la oscuridad en el exterior seguía siendo densa como la más extrema carencia de luz. Asustado, desperté a mi mujer y le ordené no abrir las ventanas. Tenía un mal presentimiento. Salí del departamento, bajé por las escaleras y llegué hasta la puerta de entrada. A través del vidrio se reflejaba la misma oscuridad opaca, sólida, que había visualizado desde el ventanal del departamento. Abrí la puerta. La misma sensación de vértigo que había sentido antes. Al rato mi mujer llegó y se detuvo a mi lado. - Salgamos – dijo. - ¡No salgo ni loco! No se ve nada. - Yo salgo – sentenció, dando un paso en la oscuridad. Su pierna desapareció en la densidad negra. La tomé por el brazo y la arrastré hacia el interior. Su pierna había desaparecido. Ella ni lo había notado. No había sangre ni rastro alguno de herida. Era como si alguien hubiese borrado su extremidad con un programa de edición gráfica, dándole un efecto esfumado, un corte irregular. Si bien ella no sentía dolor, estaba histérica. Comenzó a gritar que la dejara salir a buscar su miembro ausente. Traté de detenerla, pero estaba tan exasperada que logró zafarse y pegó un enorme salto hacia el exterior. Desapareció tras la muralla negra que empezaba inmediatamente después de la puerta. Grité su nombre, pero no hubo respuesta alguna. En mi desesperación me descuidé y asomé un poco la cabeza. Más tarde, ya de regreso en casa, noté que la parte superior de mi cráneo había sido devorada por aquella misteriosa negrura. Las horas pasaron sin evidenciar cambio alguno en la situación. Decidí salir al pasillo, golpear algunas puertas y ver cómo estaban los vecinos. En lo de los Martínez nadie atendía. “Claro”, pensé, “ellos parten muy temprano, generalmente está oscuro aun y no se habrán dado cuenta”. Subí al tercer piso. En el corredor vi a Doña Matilde, o mejor dicho lo que quedaba de ella. La mitad de su cuerpo había desaparecido como si alguien lo hubiese borrado con una goma, partiendo del eje central que atravesaba su cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Saltaba sobre su pierna restante y estaba buscando algo en su bolsillo. Al verme dijo: - Creo que las llaves estaban en el otro… Posiblemente a causa de nuestras voces, otros vecinos comenzaron a asomarse. Algunos sin brazos, otros sin piernas, cabezas o sólo mitades de cuerpos, todos con ese efecto esfumado, como una aureola de niebla rodeando el muñón. Ninguno evidenciaba sufrir dolor ni tampoco tenía nadie explicación alguna para lo que estaba sucediendo. Al abrir las ventanas, ningún ruido provenía del exterior. Ningún pájaro, auto y menos aun personas. Era como si hubiese un verdadero vacío allí afuera. Además, los aparatos electrónicos habían dejado de funcionar, hecho que aumentó nuestra incertidumbre. La situación siguió igual durante unos días más hasta que una mañana nos dimos cuenta de que la masa oscura había retrocedido unos pocos metros. Si bien seguía allí, tan densa como antes, ahora era posible visualizar el camino que llevaba del edificio a la vereda. Yo fui el primero en atreverse a cruzar la puerta de entrada. Algo temeroso, apoyé un pie en el exterior y suspiré aliviado al sentir el pavimento firme bajo mis pies. A partir de aquel día la cortina negra retrocedió cada vez más, descubriendo fragmentos del paisaje tan familiar para nosotros, como si nada hubiese ocurrido, como si todas las cosas hubiesen estado allí durante todo aquel tiempo. Al cabo de un mes aquella masa oscura se había reducido a una esfera del tamaño de un estadio de fútbol. La vida había vuelto prácticamente a la normalidad, salvo el hecho de que los desaparecidos nunca volvieron y los mutilados pululaban por todos lados, con sus rasgos atenuados y su asombrosa falta de dolor. El hecho de poder volver a circular por la vía pública nos permitió encontrarnos con vecinos, enterarnos de nuevos desaparecidos o mutilados y aprender que aparentemente en todos lados la experiencia había sido igual. Finalmente la esfera negra desapareció por completo en el desagüe fluvial de la esquina de la plaza central. Nadie supo qué fue. Los medios hablaron muy poco del tema. Ignorábamos también si aquella entidad negra seguía existiendo bajo el pavimento, aguardando que algún niño introdujera la mano por la tapa del desagüe en busca de su pelota para tragársela y cercenar su joven cuerpo. De hecho todos evitaban aquel sitio y casi olvidábamos el asunto si no fuera por los mutilados con sus muñones esfumados, que siempre reaparecían para impedirlo.

El tren que nunca puedo tomar



Todas las mañanas al doblar la esquina de la calle que baja hacia la estación lo veo pasar. Y nada importa que yo saliera más temprano de casa. Siempre lo veo seguir de largo, ni bien salgo de la curva. Las ventanas de sus vagones forman entonces una sonrisa burlona que se va estirando conforme los coches desfilan, algo desdibujados, por el anden vacío. Y no es que yo fuera un remolón. Soy de madrugar, tendencia que se vio exagerada a fuerza del desafío al cual me estaba retando el tren.

Pero no lograba cambiar mi suerte. Después, obviamente, pasaban otros trenes y siempre llegaba a destino con la puntualidad característica de un reloj suizo falso. No era ese el problema. Me quemaba por dentro el saber que aquel maldito tren se me escapaba por tan sólo cincuenta metros. Hasta llegué a pensar que el conductor me esperaba en la estación y gracias a un sofisticado juego de espejos, arrancaba en el momento exacto que yo doblaba la esquina, lleno de esperanzas.

Otra teoría más descabellada, pero no por eso menos lógica, decía que en realidad el tren tenía alma propia, tal vez una reencarnación de algún enemigo del pasado, y esta era la forma que había encontrado para vengarse de mí.

Así seguían transcurriendo mis mañanas. En mis oídos riffs distorsionados y veloces servían como banda de sonido para aquel estado de incertidumbre. Escalas disonantes, agudas o graves, y un redoble de batería que arrojaba mis expectativas al suelo cada vez que pasaba aquel recodo.

Por las noches siempre acosado por el mismo sueño. Un amigo que escapaba de los servicios secretos ecuatorianos, pedía asilo en mi hogar. Llegaba y yo salía a recibirlo en el pasillo. Pero sólo veía un perro pequeño y peludo guiado por una correa que andaba suspendida en el aire. Al entrar en el departamento el perro desaparecía y mi amigo se volvía visible, su cuerpo totalmente desnudo. En este lugar me levantaba sobresaltado, siempre a horario como si se tratase de un reloj despertador onírico.

Durante meses y meses intenté encontrar relación alguna entre aquel sueño y el tren que tan grotescamente se burlaba de mí.

En mi afán psicoanalítico interpreté el sueño de diversas maneras, entre ellas la necesidad de desnudarme frente a la estación de trenes, hecho que me valió catorce días de prisión y una flor de gripe.

En la cárcel al sueño de siempre se le sumó otro en el cual yo corría por las vías férreas a una velocidad poco probable, pasando de largo por todas las estaciones, burlándome de los pasajeros boquiabiertos que dejaban escapar nubes de vapor matutino mientras me seguían con sus miradas.

Al pasar por mi estación miraba calle arriba, sin detenerme, y entonces veía al tren que doblaba la esquina a todo vapor, jadeando, observándome tristemente con sus dos faros delanteros mientras yo me deslizaba parsimoniosamente por las vías.

En ese momento solía despertarme, cubierto de sudor, corriendo en círculos dentro de la celda que no debía medir más de nueve metros cuadrados.

Ni bien quedé en libertad decidí que la única forma de volver a una vida normal sería detener aquel tren, cueste lo que cueste.

Mi primer intento fue tender una red entre dos postes de luz ubicados en ambos lados de la vía. Al día siguiente, nuevamente llegué a la esquina en cuestión para ver el tren atravesando la red como si se tratase de una telaraña.

Aquella noche volví al lugar equipado con herramientas pesadas. Mi intención era quitar al menos dos tramos de vía.

De más está decir que ni siquiera logré aflojar una de esas tuercas gigantescas que sostienen las vías contra el suelo.

Me arrestaron por conspiración terrorista y fui indagado durante trece días en un centro de detención especial. Un policía de aspecto hispano me hizo recordar los agentes del servicio de inteligencia ecuatoriano que habían aparecido en mis sueños, sintiendo una vez más que todo estaba relacionado.

Me liberaron explicándome que lo mío era una casualidad y que la solución se encontraría pidiendo al empleado de la estación una ficha con los horarios de los trenes.

Obviamente en mi interior sabía que esta gente no sabía lo que estaba diciendo, pero puse un semblante de comprensión para que me liberasen lo antes posible.

Lo que sucedió después fue más extraño aun. Si bien sabía con certeza que todo aquel asunto se trataba de una mera venganza ferroviaria, las dudas comenzaron a carcomer mi cerebro. ¿Y si los demás tenían razón? Entonces retiré uno de esos horarios de trenes, imposibles de leer a causa de la alta densidad de números y letras.

Luego de largas horas con la ficha en una mano, un reloj y una calculadora en la otra, comencé a comprender lo que supuestamente debía informar dicho trozo de papel, impreso con tanta elegancia inútil.

Al día siguiente, luego de un breve desayuno, salí apurado, horario en mano. Según la tabla tenía siete minutos para llegar a la estación, tiempo más que suficiente. Ya cerca de la famosa esquina, los números impresos sobre el papel comenzaron a cambiar. El horario de mi tren se adelantaba sin cesar. Comencé a correr y doblé la esquina justo cuando el horario del papel coincidió perfectamente con el de mi reloj y con la pasada del tren que nunca puedo tomar.

Furioso, llegué hasta la estación desierta y comencé a golpear y patear todo lo que estaba a mi alcance.

Esta vez decidieron que sería prudente internarme en un hospital psiquiátrico. Casualmente el sitio se encontraba al lado de las vías. Entre tren y tren, siempre puntuales y siempre deteniéndose en mi estación, pensaba mucho en el pasado. No precisamente en el mío sino el pasado colectivo, común. Cómo indagamos los sucesos históricos con cierta distancia analítica sin pensar que en ese mismo instante somos parte de otro análisis parecido que se llevará a cabo en un futuro cercano o lejano, y así sucesivamente hasta el final de los tiempos. Cómo en cada momento dado consideramos que la vida siempre fue de tal o cual manera y muy difícilmente podemos imaginar un cambio profundo y radical.

Todos estos pensamientos atravesaban mi mente en un constante movimiento de ida y vuelta y cual trenes pasaban, se detenían y volvían a ponerse en marcha. Cada vez que algún pensamiento realmente profundo se me estaba por ocurrir, al doblar por aquel recodo de la mente que desemboca en una verdadera gran revelación, veía cómo el tren seguía de largo, llevándose consigo a todas esas ideas que asomaban sus cabezas por las ventanillas de los vagones, dejándome como siempre solo en una estación desierta. El próximo tren siempre pasaba, cierto. Pero nunca volvía a darse aquella combinación única de pasajeros perfectos que sólo volvería a repetirse la próxima vez que intentaría, en vano, alcanzarlo.

Entrevista a Xafier Leib's



- Buenas tardes.

- Buenas tardes.

- Estamos llegando al final del año. ¿Cómo lo resumiría usted?

- Café corto con dos azúcar, por favor.

- ¿Perdón?

- Café corto con dos azúcar.

- Disculpe pero no lo entiendo…

- No hay nada que entender. Quiero un café con dos azúcar.

- Pero no soy mozo. Lo estoy entrevistando para la revista “Monogamia en Laponia”.

- Ah… entiendo. ¿Cuál era su pregunta entonces?

- Quería saber cómo se siente al final de este 2008 que fue tan productivo para usted.

- Para el orto.

- ¿Perdón?

- ¿Y el café?

- Me parece que no estamos yendo a ningún lado…

- ¿Qué?

- ¿Va a responder a mis preguntas?

- ¡Por supuesto!

- Bien. Entonces, pasemos a la segunda. ¿Qué momentos prefiere para escribir?

- ¿Y el café?

- Aquí está señor.

- Gracias. Es muy amable de su parte. ¿En qué estábamos?

- Quisiera saber cuándo es que prefiere escribir.

- En realidad nunca. Acabo de dejar la literatura para trabajar con perros alcohólicos.

- ¡Ah, pero qué bien!

- Sí, la verdad es que esto me tiene muy contento.

- Sí, se nota. Pero lamentablemente a nuestros lectores no le va a interesar mucho.

- Entonces hablemos de otra cosa.

- ¿Por ejemplo?

- De los tornillitos más pequeños que se usan en la construcción de las grúas amarillas.

- ¡Ah! ¡Pero qué bien!

- El café está frío…

- Disculpe, enseguida se lo cambiamos.

- No, deje, igual me tengo que ir.

- Pero, la entrevista…

- Ponga cualquier cosa. Diga que soy un genio, extravagante, arrogante y pelotudo.

- Sería una lastima. Sus lectores…

- ¡Me cago en los lectores!

- ¿Y qué puede revelarnos acerca del próximo año?

- Ah… bueno… tengo algunos proyectos nuevos, pero son secretos todavía. Sólo puedo decir que tendrán que ver con las vacas.

- ¿Vacas?

- ¿Dónde?

- Recién usted mencionó las vacas.

- No.

- Pero le digo que sí.

- No trate de imponerme palabras que no he dicho. Todos los periodistas son iguales.

- ¡Pero si es usted el periodista!

- ¿Cómo? ¿Yo? ¿No era yo el escritor?

- Ah… sí… puede ser. Aunque yo también escribo a veces.

- No me diga. ¿Y qué es lo que escribe?

- Cuentos cortos que publico en un blog.

- Es muy moderno eso.

- Y sí, hay que adaptarse a los tiempos que cambian.

- ¡Yo hago lo mismo! Creo que nos estamos confundiendo; no sabemos bien quién es quién…

- Deberíamos haber filmado esta conversación. ¿Qué hacemos?

- No importa. Sigamos charlando.

- Pero, ¿y la entrevista?

- ¿Acaso no podemos publicar una simple charla entre dos personas que no saben quiénes son?

- No estaría mal. ¿Pero la gente qué dirá?

- Y si la gente por lo general tampoco sabe bien quién es.

- Eso es cierto.

- En todo caso ya se nos acabó el tiempo.

- ¿Me traería otro café?

N@ví da2




Capítulo Primero

Era tiempo de fiestas. Toda la familia estaba en plenos preparativos preservativos primitivos, y mi hija, Juanita, venía corriendo por la colina con sus dos úteros rubios flameando en el viento leve del mediodía.

Sentía alegría por el año que se venía, tristeza por el año que se estaba yendo y la verdad es que me daba lo mismo el año que se quedaba.

Llegó la noche con todos sus cantos, pajaritos, ensalada de lechuga, asado y el lechón que trajo Márioantonieto.

El vino fluía como el agua, el agua fluía como él vino, se sentó y empezó a comer. “Él”. ¿Quién era ese “él”?

La misma pregunta se hicieron los demás en sus mentes, y yo curioseé: “Si esto fuera la escena de una película, ¿desde la cabeza de quién se estaría narrando?” Me fascinaba pensar en cómo cambiaría la película de cabeza en cabeza...

Por las dudas miré sobre mi hombro izquierdo, corroboré que no había cámaras ni cables ni luces ni gente cool con claquetas digitales y escupí tres veces.

“¿Quién era él? ¿De dónde había salido? ¿Quién nació primero: los huevos o la gallina?”

Sara tuvo el valor de preguntar primera: “Che, ¿y vo, quién so?”

Ante tal pregunta, él dejó la tira de asado que estaba comiendo con las manos y dijo muy seriamente: “Navídados, se escribe N-@-v-i- espacio d-a-2”. Luego se calló y nos observó a todos. Se hizo un silencio sepulcral, cuando de pronto el lechón, que aún nadie había tocado, estalló en una terrible carcajada seca y llena de tos.

Todos intercambiamos miradas, sin decir la palabra “alguna”. A mí me tocó la mirada de Sara. No estaba nada mal, pero prefería la mía.

Entonces N@ví da2 rompió el silencio y dijo: “che, pasame la ensalada, rusa!” El lechón volvió a estallar en carcajadas, y casi se ahoga a causa de la tos. En un momento llegó a pedir: “por favor, ¡cómanme que no doy más!” mientras seguía riendo y tosiendo.

Nadie se movió. ¿Quién era este enano para venir a pedir ensalada?

No lo había mencionado, pero N@ví da2 era enano, con barba larga, ojos pequeños y cejas enormes. Llevaba uno de esos gorros rojos puntiagudos, una camisa de ceda verde, un gran cinturón marrón que sujetaba unos pantalones de hule negro y unas botas de vaquero. Era una mezcla de enano de cuento con Bono.

Entonces Sara, que tenía mi mirada, preguntó nuevamente: “¿Y por qué ese nombre, eh?” A lo que el enano respondió, carcajada lechonina de por medio: “Ah, es una historia larga, llena de traiciones, sangre, pasión y desperfectos técnicos. Soy el profeta de los dados a quien siempre le da dos, y también uno de aquellos que traen dados”.

Ante nuestras miradas de incomprensión, intentó ampliar un poco los conceptos. “Mi nombre proviene del hebreo, donde la palabra “Naví” significa “profeta”. “Da2” por dos motivos: porque me encanta jugar a los dados y porque lamentablemente, cada vez que los arrojo, da 2...” El lechón estaba patas para arriba, tomándose, con sus miembros delanteros, de sus costillas expuestas.

El enano siguió: “Naví en hebreo también significa “traeremos”.

“Vine para darles la noticia de que hubieron recortes allá arriba. A Papá Noel lo rajaron a la mierda. Primero porque costaba una fortuna mantener ese trineo. Esos ciervos estaban muy mal acostumbrados, dormían sobre alfombras persas y tenían ocho sirvientas que se ocupaban de todos sus quehaceres. Además el chabón gastaba mucho en barbería, sastre y se estaba zarpando con los regalos. Hasta hubieron rumores de que se trataba de lavado de dinero”.

“Encima estuvo prestando su nombre para protagonizar algunos cuentos muy idiotas”.

“La gente quiere algo nuevo”.

N@ví da2 se detuvo y nos miró. Estábamos todos atónitos. El lechón estaba sentado sobre el borde de la mesa, suspiraba y se daba palmaditas en una de sus rodillas traseras.

“Hicimos varios cacerolazos,” siguió el enano, “queríamos un cambio. Entonces el Dios decidió echarlo, lo obligó a pagar todas las multas que debía por estacionamiento, y me eligieron para reemplazarlo. Me obligaron a cambiar la “a” por el “@” y el final de mi nombre por el número “2”. “Es lo que se usa”, dijo el Dios.”

“Pues, aquí estoy, ésta es mi primer visita. Pasame la cerveza, negra!” El lechón salió corriendo al baño a vomitar. Nunca había visto un lechón tan estúpido.





Capítulo Decimocuarto

“Che, cambiemos las miradas”, le dije a Sara. Ella me miró y dijo que prefería quedarse con la mía y que en todo caso, hagamos una apuesta y el que gane decidirá con qué mirada se queda.

Yo acepté, y sugerí jugar a la ruleta rusa. Jacob dijo que mejor tiremos las cartas y fue a buscar su escalera.

Abraham e Isaac estaban totalmente borrachos y se fueron abrazados a buscar al lechón, que seguía riendo y vomitando en el baño repitiendo “ensalada – rusa; cerveza – negra”.

Entonces hubo una gran discusión, hasta que se escuchó un grito agudo y todos callaron y miraron al enano: “Traje dados” dijo y sacó una pequeña bolsa de cuero de uno de sus bolsillos. “Que cada uno elija un número y luego arrojaré los dados. El que acierte se quedará con la mirada que quiera. Si pierden ambos, me llevaré yo todas las miradas”. Su vista se detuvo en cada uno de nosotros. Otra vez se hizo silencio. Hasta el lechón se calló y, asomándose por la puerta del baño, eructó silenciosamente. “Acepto”, dijo Sara. Todos los ojos giraron hacia mí. “Bueno, dale”, dije tragando saliva.

“Elijan los números”, dijo N@ví da2. “Siete” dijo Sara. Yo elegí el tres. Entonces el lechón estalló nuevamente en carcajadas diciendo, “por favor, basta que soy asmático, me van a matar de nuevo”. El enano, muy concentrado, agitó los dados en el vaso y los arrojó sobre la mesa. Giraron un rato largo, más largo que de costumbre, y luego muy lentamente se detuvieron. Uno y uno. “Dos”, anunció el enano, un tanto decepcionado.

El lechón no podía más de la risa y murmuró, “no lo puedo creer. No lo puedo creer”.

“Sus miradas, por favor”, dijo N@ví da2. El lechón casi se ahoga. Entonces Isaac le pegó el primer mordiscón y el lechón se calló.






Capítulo Ochenta y ocho

Algo me decía que no íbamos a volver a escuchar más a ese lechón. Durante un rato todos olvidaron los últimos sucesos y se dedicaron a eliminar todo resto de cerdo.

Al terminar la comida, Mishka, el primo hermano de Golem, me dijo: “Che, Lobez, no te hagas el dolobu, dale la mirada al enano”. Me dieron ganas de ahorcarlo, pero no pude hacerlo porque estaba demasiado lleno. Entonces N@ví da2 dijo: “Tiene razón este hombre. Tu mirada por favor”. Como mi mirada en realidad la tenía Sara, le di la que tenía en ese momento, que era la suya. Luego me di cuenta de que me había quedado sin mirada y que de esta forma no iba a poder recuperar la mía. Mi decepción fue tan grande, que le ofrecí a N@ví da2 ser su esclavo. De esta manera por fin me liberaría de esta familia desastrosa.

Entonces N@ví da2, delante de la mirada petrificada de todos los presentes, se convirtió en un renacuajo y pegó tres saltitos en el aire. Esto último que acabo de escribir es pura mentira, lo puse para hacerme un poco el loco. También me quiero hacer el bocho y quién dice si no me pongo siliconas y me hago mujer de una vez por todas.

Volviendo a nuestro tema, N@ví da2 me pidió salir a solas al jardín. Una vez en el jardín, me comentó que en realidad tenía ganas de buscar a Papá Noel ya que corrían los rumores que tenía intenciones de postularse para las elecciones celestiales del 2003, cosa que N@ví da2 quería evitar. Por lo tanto, y teniendo en cuenta mi oferta, me propuso viajar con él hacia el más allá y ayudarle en su búsqueda.

La decisión no fue tan difícil. No tenía nada que perder. Así que quedamos en hacerlo luego de los “cuetes” y volvimos con la familia.


Capítulo Cuashrocientos Vishnei

Para todos aquellos que han olvidado sus muertes, les cuento que no es tan grave. Uno siente una especie de mareo, como si le bajara la presión, y luego simplemente se eleva hasta un pasillo largo. También les aviso, ya que estamos, que lo de la luz blanca no corre más. Remodelaron todo, y ahora está este pasillo, con paredes que en realidad son pantallas de cuarzo líquido, donde pasan videos musicales.

En ese momento, estaban pasando uno de Britney Spears.

N@ví da2 me pidió que lo siguiera. Caminamos un rato hasta que vi un cartel que decía: “Atención: A 200 metros estación de Peaje. Disminuya la velocidad”.

“¿Peaje?” casi le grité al pobre enano. Una pareja que tenía muy mal aspecto, se dio vuelta para mirarnos y luego siguieron arrastrando los restos de sus cuerpos.

“Peaje”, respondió el enano con un suspiro. “Así es desde que privatizaron todo”.

Seguimos caminando hacia la estación de peaje. Ni siquiera quise preguntar con qué pagaríamos, pero supuse que él se ocuparía del tema.

Unos mendigos sentados, apoyados sobre las pantallas, extendían sus manos pidiendo monedas. Uno de ellos me llamó mucho la atención. Tenía el cabello largo, hasta los hombros, vestía ropa de cuero y se meneaba todo el tiempo con los ojos desorbitados. Tenía un rostro sumamente familiar. Cuando pasamos a su lado, me miró y dijo: “This is the end, my only friend, the end”. Esa frase me resultaba conocida, pero por algún motivo no podía recordar de dónde. Me olvidé del tema al llegar al peaje. Entonces N@ví da2 sacó unas monedas y se las extendió al empleado. La barrera se abrió y nosotros pasamos.

“¿Tienen dinero?” pregunté asombrado. N@ví da2 sacó una moneda y me la mostró. Era muy parecida a la moneda de 1 peso, sólo que decía: “Banco del Más Allá”.

Entonces llegamos a un gran cruce de caminos. Un gran cartel anunciaba: “¡Hoy 20Hs. Elvis Presley vs. John Lennon por el Titulo del Más Allá en peso mosca!” Aquel lugar se estaba poniendo cada vez más ridículo.

N@ví da2 dobló a la izquierda. “Comenzaremos por el lugar más lógico donde uno puede encontrar a alguien como Papá Noel: El infierno”.





Capítulo Seis, seis, seis

Los portones del infierno estaban siempre abiertos. Antes de llegar a ellos había que cruzar un gran puente colgante, sobre un enorme río de fuego. “Esto es exactamente igual a lo que describen las escrituras sagradas”, pensé. Sentí un gran temor ya que no me sentía seguro de estar preparado para lo que seguramente vería ahí adentro. “Morir de un infarto ya no podes”, dijo N@ví da2 como si hubiese leído mis pensamientos. “Tiene razón...” me dije a mi mismo, sin estar muy convencido.

Pasamos por el gran portón y en seguida estábamos caminando por un nuevo pasillo, muy parecido a los que conectan las estaciones de subte.

Fue entonces cuando conocimos a Markintofet. Era un hombre de unos 70 años, que aun usaba pañales. N@ví da2 se lo llevó a un lado y le susurró unas palabras al oído. Entonces Markintofet asintió y sin agregar palabra alguna nos llevó por diferentes pasillos hasta que llegamos a una gran sala.

En esta gran sala, de altas columnas, baldosas rojas y techo de fuego, había un gran trono de lava, sobre el cual estaba sentado el mismísimo diablo, Satanás, el señor de las tinieblas. Tan temible como una sanguijuela en un día de primavera. Su cola puntiaguda estaba metida en su nariz. Finalmente la sacó y luego habló: “¿Qué lof trae hafta aquí?” Su voz se parecía a la voz de Charly Chaplin en sus películas mudas. N@ví da2 tomó la iniciativa y respondió: “¡No te hagas el canchero, Hector!” Satanás, sonrió tímidamente y se levantó de su trono, dejando a la vista una bandera de Greenpeace. “Mucho gufto, señoref, Zatanaf a fuf ordenef”, dijo salpicando una buena cantidad de saliva. Me estrechó la mano.

“Quiero que nos digas dónde se esconde ese maldito Papá Noel”, ordenó N@ví da2. Tenía mucha autoridad aquel enano. Satanás, asustado, le dijo: “Eftá pefcando almaf perdidaf en el gran lago de fuego”.

N@ví da2 sacó un pez de uno de sus bolsillos y se lo puso en la boca. Satanás se lo devoró, golpeando sus manos y luego se alejó jugando con una pelota, mientras murmuraba, “Grafiaf”.


Capítulo Mucho

Ni siquiera Nelson Mandela podría imaginar que Papá Noel estaba pescando en el gran lago de fuego, mientras planeaba su reelección. A medida que nos acercábamos al lago, se veían carteles que decían: “Ho ho ho 2003”.

Nos acercamos sigilosamente, pero el viejo gordo nos escuchó. Giró hacia nosotros y dijo: “Ho, ho, ho”. Casi me tropecé con el balde que tenía a su lado. Miré hacia su interior y vi que estaba lleno de almas apretujadas. “¿Lo hace por deporte o las come?”, pregunté. Papá Noel me observó severamente y dijo “Ho, ho, ho”. N@ví da2 me miró como queriendo decir, “te dije que era medio estúpido...”

Papá Noel colocó una nueva carnada en el anzuelo y luego lo arrojó hacia el fuego.

N@ví da2 me indicó con una seña que levantara el balde con las almas. Entonces metió una mano adentro de los pantalones de Noel y le estiró los calzones hasta la altura de los hombros. Noel pegó un grito mientras se tomaba de sus genitales. Entonces N@ví da2 le arrancó la barba y le quitó la peluca y casi me desmayo al ver que nuevamente era aquel mendigo del pasillo de entrada. “Come on baby, light my fire”, empezó a gritar desaforadamente, mientras las llamas a su alrededor ardían con más fuerza. Salimos corriendo, pasamos por miles de pasillos, jugamos a las escondidas y luego salimos por el portón.

Una vez afuera, N@ví da2 me dijo: “Lo sabía. Lo sabía”.

“¿Si lo sabías para qué hicimos todo este camino?” pregunté algo enojado.

“Logramos detenerlo, pero seguramente volverá. Ahora es hora de regresar a casa”.

Entonces ambos caminamos hacia el sol que se estaba escondiendo. Contamos hasta treinta y comenzamos a buscarlo. Caminamos un buen rato en la oscuridad, hasta que logré ver un destello de luz detrás de uno de los árboles. Era el sol. “te quemé”, le grité. El sol tardó en salir, muy triste. “No te apagues”, le dije, tratando de consolarlo, “todos perdemos a veces.” Entonces noté que N@ví da2 había desaparecido. Enano de mierda. Me dejó en aquel lugar, se quedó con mi mirada y logró detener a Papá Noel. Seguramente será reelecto.

Así que me amigué con el sol, y ahora vivimos juntos. El me calienta durante los inviernos infernales y yo le canto canciones y le rasco la espalda. También le preparó compotas, pero él no sabe valorar nada. Siempre quema todo. Me dice que no es a propósito, que es su naturaleza, y yo le contesto que si quiere mantener la relación, deberá cambiar. Está bien que sea el sol, pero yo soy un hombre y tengo mis sentimientos también.

Creo que en uno o dos años, nos vamos a casar.





Feliz navidad.

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